
Mientras al fondo de la casona donde funciona la Secretaría de Cultura del departamento de Caldas, cerca de 200 personas celebraban el lanzamiento del 35º Festival del Pasillo de Aguadas, en uno de sus corredores, silenciosa y concentrada, una mujer unía cada una de las diminutas tiras de iraca, para tejer el emblemático sombrero aguadeño.
En una silla sin espaldar, pero recostada a la chambrana, Marina Salazar, una aguadeña de tradición, tejía el icónico atuendo que identifica a la cultura cafetera, antioqueña y hasta colombiana.
Para ella ser tejedora es la profesión de su vida, porque desde los 7 años así lo decidió, cuando vio a sus padres convertir la iraca en una obra maestra que cubre, protege y le da elegancia a la cabeza de quienes lo utilizan.
Dedica día y medio para dejar su fina estampa en que cada sombrero, porque su puntada es tan fina como una máquina de coser. Y aunque perdió la cuenta de cuántos ha tejido, está segura que todos llevan una parte de su vida.
Hoy, a los 77 años y con la vista intacta, porque no utiliza gafas, Marina hace una petición a quien la vea y la escuche: que el pasillo y el sombrero de Aguadas sigan siendo ese símbolo colombiano que enorgullece a su tierra.
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