Así lucía el terraplén de Aerocafé en el 2006 y en el 2024

Texto y fotos/Jonh Bonilla

Si hoy le preguntáramos a alguien qué recuerda del 2005 en el Eje Cafetero, la mayoría viajaría en el tiempo hacia el Suramericano de Fútbol Sub-20, el torneo que nos hizo vibrar con la magia de un joven llamado Lionel Messi. Pocos mencionarían el diseño metálico del Motorola RAZR V3, la novedad del primer iPod Nano, o el auge del BlackBerry y la llegada de los primeros televisores de plasma.

Pero casi nadie recordará el momento preciso en que, en medio de la niebla y la esperanza, comenzaron las obras de lo que hoy conocemos como Aerocafé —o Aeropalestina, como se le llamó en sus años de bautizo—.

Han pasado 21 años desde que, tras el eco festivo de la 49ª Feria de Manizales, un ejército de maquinaria amarilla llegó a las laderas del municipio de Palestina. Y durante unos meses, el rugido de los motores y el movimiento incesante de tierra nos hicieron creer que el futuro había aterrizado. Cientos de curiosos subían a la loma del pueblo, con la mirada puesta en un horizonte que prometía bonanza, progreso y una conexión con el mundo que finalmente los sacaría del aislamiento aéreo que tenían.

Fueron varios los presidentes que intentaron despegar con sus maletas desde Arocafé

21 años sin pista

Un año antes, en julio de 2004, el presidente Álvaro Uribe había sellado un compromiso ante el país: “El gobierno no dejará Aeropalestina a medias y, si hace falta plata, ponemos el resto y lo hacemos”. Con esa promesa presidencial, se desembolsaron los primeros 580 millones de pesos, que fue el inicio de una partida de 3.000 millones, sumados a la fe puesta en un crédito español de 20 millones de dólares.

Desde entonces, el mundo cambió de piel. El Eje Cafetero vio pasar a cinco gobernadores, aprendimos a vivir a golpe de clic con WhatsApp, fuimos testigos de otro Mundial Sub-20, vimos nacer la era de los influencers, celebramos una nueva Miss Universo, sobrevivimos a una pandemia mundial y despedimos a Chucho, nuestro querido oso de anteojos.

Y mientras la vida corría, la montaña, paciente y sabia, fue reclamando lo suyo. Con el paso de los años, el verde se impuso sobre los terraplenes, y los árboles comenzaron a borrar, sutilmente, la cicatriz que la maquinaria amarilla dejó en el paisaje. Aerocafé parecía convertirse en una metáfora del olvido.

Una nueva valla, era una esperanza que a los meses cambiaba

Un nuevo intento de vuelo

Sin embargo, el pasado 13 de abril, el aire se llenó de un murmullo distinto. Ante el anuncio de un nuevo impulso al proyecto, el escepticismo de siempre volvió a aparecer, como un reflejo defensivo tras tantas promesas desinfladas. Pero esta vez, algo en el horizonte se siente diferente.

Al mirar con lupa las condiciones del acta firmada, se percibe una garantía distinta: la seguridad de que el dinero no se perderá en el abismo de las buenas intenciones. Esta vez, el contrato tiene un alma diferente: el contratista no recibirá un solo peso hasta que la obra sea una realidad tangible. El acta es clara y contundente: “Primer desembolso: equivalente al quince por ciento (15%) de la retribución, el cual será entregado una vez concluida y aprobada la etapa de Pre construcción”. En esencia, quien asume el reto, lo hace con sus propios recursos, arriesgando su capacidad para garantizar esta obra.

Este es un acto de confianza que recupera la fe perdida. Quizás, después de dos décadas de espera, el Aeropuerto del Café deje de ser un fantasma en la loma de Palestina para convertirse, finalmente, en la puerta hacia la prosperidad que el departamento de Caldas ha soñado durante años.

La pista, después de tanto silencio, parece estar lista para, por fin, recibir el despegue. Lo demás, cifras y costo, ya es conocido.

Por JJBG

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