
Texto y fotos/Jonh Bonilla
El pitazo inicial desató una batalla de voluntades. No era solo un partido; era la búsqueda del orgullo en cada balón dividido. El campo se convirtió en un escenario de ida y vuelta, donde el aroma a gol flotaba en el aire de Manizales, alimentado por la ilusión de unas locales que saltaron al césped con el hambre de quien busca su gloria por primera vez.
El Once Caldas atacó con el corazón en la mano, pero el destino les puso enfrente un muro visitante inquebrantable. Las caleñas buscaron una y otra vez que la redonda se fundiera en el arco blanco, encontrándose siempre con una portera local que, convertida en ángel bajo los tres palos, lo impidió con vuelos heroicos.

Sin embargo, el fútbol tiene esa cara amarga que aparece cuando menos se espera. En el minuto 47, justo cuando el primer tiempo exhalaba su último aliento, Lorena Cobos —la ’30’ del equipo azucarero— aprovechó un fugaz descuido defensivo para marcar.
El silencio cayó sobre el Palogrande mientras las jugadoras se marchaban a los camerinos, masticando la injusticia de un marcador que no reflejaba su entrega.En el complemento, el Once Caldas regresó herido pero no vencido.
Jugaron con más emoción que orden, empujadas por ese grito que baja de la tribuna, generando ráfagas de peligro que hicieron temblar el arco del Cali. Lo intentaron con el alma, con las fuerzas que quedan cuando el reloj aprieta.
Pero el deporte es caprichoso. Ya en el epílogo, en otro suspiro de distracción durante la adición, el Cali selló el 0-2 definitivo.

El resultado es frío, pero el fútbol es de sensaciones: este equipo de Manizales solo tiene un punto en la tabla, pero posee un carácter inmenso.
Esa garra y esas ganas de no rendirse son la promesa de que, muy pronto, el fútbol les devolverá lo que hoy les quitó y los tres puntos se quedarán en casa.